El pan duro

Recuerdo como mi abuela comia su plato de lentejas, Estabamos todos sentados en la mesa, con un mantel de plástico blanco que cubria todo el rectangulo. Mi abuela se sentaba siempre cerca de la puerta del comedor para llegar antes a la cocina. Se levantaba cada dos minutos, si alguien queria pan, le faltaba agua o una servilleta, queria algo más de sal o tenía capricho de postre.
Mientras mi abuela comía, miraba al infinito, aunque su marido, mi abuelo, se sentara justo en frente. Es ese rumiar, el que, en un modo de masticar lento hasta en la sopa, recuerdo con ternura. Debáa ser por la dentadura postiza, la que mantiene la boca levemente curvada hacia abajo con ambos carillos rellenos. Un trabajo pesado en una boca pequenna. No se podía comparar la velocidad con la que yo engullía por aquel entonces mi plato con el consciente masticar de mi abuela.

Me pregunto si algun dia tendré dentadura postiza. Tendrá que ser de dientes grandes para que me siga sintiendo yo misma. Seguramente me sobrara labio y este caera hacia las comisuras consiguiendo esa expresion de tristeza o severidad fingida.

El momento de la comida era tambien un momento de satisfacción para ella. No sólo el comer en sí como placer indudable, si no tambien la recompensa de una mannana en la cocina, una pre-mannana en el mercado y un acertado menu para todos los gustos. Se apannaba para cocinar lo que más me gustaba siempre que estaba en su casa, sin que yo lo pidiera con antelación.
Mi madre vigilaba mis caprichos y regannaba a su madre por cocinar tres platos diferentes. Mi abuela asentía, callada, escuchando los reproches de su hija, pero ella siempre se salía con la suya y yo con la mia. Chuletón de cordero con patatas fritas, un cordon blue o unos macarrones con beicon y leche.

Mi abuelo era el rey de la mesa. A su lado estaba el cuchillo de cortar, el más afilado de la casa, el que siempre limpiaba él mismo después de cada comida. No limpiaba un plato pero siempre su cuchillo. Sentado en frente de mi abuela comentaba habitualmente lo insoportablemente caliente que estaba la sopa, que le quemaba al primer sorbo.

Mi abuela compraba pan casi todos los días, dos barras de pueblo. Harina blanca, barras anchas. En su cocina habia un cajón donde quedaban todas las barras que sobraban y se hacian viejas. El cajon del pan duro.

Cuando por la tarde llegaba yo hambrienta y sudorosa a la cocina vacía, buscaba con la prisa de quien ha dejado un juego a mitad o a una amiga esperando en la calle, un trozo de pan. Recuerdo el olor de migas que salia al abrir el cajon. Era como tener un horno atemporal en la cocina.

Mi abuelo, aparecía de repente y a veces, silencioso. Se apoyaba en el marco de la puerta de la cocina y me pillaba rebuscando entre las barras.

Su voz grave y dulce me sobresaltaba :

– Ese no, bonita, toma el pan bueno. – Decía, sennalando la bolsa de tela que cubría la barra fresca, encima de la mesa de la cocina.

Esa mesa metálica, pequenna, con su propio cajon de juguete. Yo sabía que en ese cajón chiquitito estaba el cuchillo de mi abuelo. Así, se acercaba, sacaba su cuchillo, ponía la barra en su ancho y sennalaba con el cuchillo la barra.

– Cómo quieres el bocata, así de grande lo quieres, así? – me preguntaba indicándome con la punta del cuchillo media barra.

– Un poco menos abuelo, alaa.- Protestaba yo divertida.

– Vale, así – decia acercando el cuchillo a una punta de la barra. – pero te comes esta parte.- sennalando las tres cuartas partes que quedaban y haciendome estallar en risas.

– Nooooo!

– A ver donde tiene tu abuela la mortadela.- Decia mientras hojeaba la nevera abierta. Entonces sacaba un paquete de papel plástico blanco. Un  papel que recuerdo tenia un dibujo de un cerdito rosa.- Aqui esta, si ya sabia yo, mira a ver hija, es esta con olivas?

Yo respondia a todo con monosilabos, intentando agilizar la burocracia de la merienda. Con esa prisa de quien tiene toda la vida por delante y que siente los juegos como momentos sagrados.

– Pero no quieres algo de beber? Que el pan así entra muy seca, me cauen… toma un zumo!

– Vale abuelo! – contestaba yo con la boca llena de pan y saliendo por la puerta- Luego vengo y lo cojo!

Que el bocadillo lo hubiera hecho mi abuelo era algo muy especial. No era un evento que ocurriese todos los días. Por aquel entonces el sufría un mal que nadie me supo explicar. Lo recuerdo sentado en el sofa, muchas horas. Yo pensaba que esa era su tarea cotidiana. No le conocí cantando jotas, como me contaron que hacía, ni llevando vacas al campo, ni bailando con ese plante en la plaza del pueblo, con esa boina atemporal.
Por las tardes miraba los toros en la tele, sin ningun tipo de patriotismo, con la naturalidad de quien se ha criado entre vacas y nunca pagó una entrada a la plaza de toros. Tambien recuerdo que a mitad lo dejaba porque le entraba la pena de ver la sangre. Escuchaba su radio de mano y la apagaba poco después refunfunnado.

– Mi cabeza ya no es lo que era… Ese runrun, es que no me deja en paz, no me entero de nada, cauen diez.

Los únicos momentos en los que no refunfunaba o se mostraba amargo era cuando me veía aparecer entre los pasillos. Se le iluminaba el rostro al verme entrar quiza llorando con una rodilla despellejada o simplemente brincando hacía la habitacion. Yo sentía el calor con el que me hacía el bocadillo y pensaba que nunca amaria a un hombre tanto como yo amaba a mi abuelo, era un padre, un amigo, un compannero de juego, secretos y cosquillas.

El pan seco iba menguando en el cajon gracias a los desayunos. Mi abuelo desayunaba cafe con leche en un vaso de cristal. Despedazaba los trozos de pan como si fuesen galletas. Luego a modo de cereal los pescaba con una cuchara. Recuerdo el ruido al sorber la cuchara.
A mi abuela, sin embargo, casi nunca la pille desayunando. Lo hacía de madrugada, todavía en camisón, un poco despeinada y sin dentadura. La unica vez que la vi así, me costo reconocerla, me parecía un pequenno fantasma que entra en la cocina mientras todos duermen.

– Quieres agua? Toma carinno, vete a la cama que es muy temprano, uuuuy.

A la hora que yo me despertaba, mi abuela era una persona energética, vestida, arreglada y perfumada. La comida del mediodía ya mediohecha. Sus rizos negros tennidos y con ondas bien puestas. Al verla asi, dudaba yo si quien me habia dado el vaso de agua horas antes en camisón era real o si lo habria sonnado.

Se preocupo alguna vez por parecer joven? Quería que la vieramos guapa? Nunca me pregunte esto antes. Para mi esa era su edad natural, como si nunca hubiesen sido jóvenes. Como si nunca hubiesen estado en otro lado, en el campo, como si su vida no hubiera tomado quiza giros inesperados.

Mis abuelos daban las gracias por lo que tenían. Eran personas sabias que no sabian ni leer ni escribir. Como un certificado de lo inutil que puede ser el sistema educativo si tienes tu trozo de tierra. Eran limpios, sanos, se cuidaban por instinto. Reconocían a las buenas personas como un don natural y se apartaban de los males.

– Toma, toma. – Me decia mi abuela. Empujando su mano en un punno, buscando en algun lugar de mi falda un bolsillo. Una mano venada como tallos de pequenas raices coloradas.
-Guardátelo bien, pero no le digas a tus primas que te lo he dado, eh. Guardalo bien carinno.- Mientras ponia el billete de mil pesetas en mi mano, y me cerraba los dedos sobre el.-

Mi mano era muy blanca en comparacion con su mano manchada por las caricias del sol.

Con estos recuerdos riego mi tierra, remuevo mis raices, palpo los escondrijos antes de dar un paso y sacar las hojas, y quien sabe quizá una nueva rama. Me lleno las yemas de los dedos de tierra húmeda. Abro mis tiernas emociones para empaparme del agua que necesito para fundar mi propia familia.

Los hijos no nos pertenecen. No se si algún dia envidiare la juventud de mi hija tanto como he admirado la mirada perdida y aquella lentitud hipnotizande de mi abuela tomando la sopa. En mi ninnez me impacientaba por ser una anciana. Era cómplice de ese ritmo atemporal.

Seguramente en el futuro, cuando mi hija y mi madre se fundan en esa relacion única que surje entre abuela y nieta, yo refunfunne. Mi yo adulta dejada de lado, observando la absurda complicidad de los extremos.

 

 

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