El té frío

Hace unos meses que no escribo. Hace unos meses que no había entendio que tu ya te habías marchado. Habías salido por esa puerta invisible y ahora solo puedo llamarte tirano. La burbuja me explotó hace unas horas o quizá fuesen años. Aún me salen lágrimas. En todas las esquinas de mi piel lloran por centrímetros cúbicos sentimientos que no pagaron el alquiler. Me concentro en la tostada de la mañana, me pongo la música y dejo que se escurra mi alma. Hay algo aquí, debajo de las costillas que supura, se cura, se mueve en silencio. ¿Cómo puede ser que sin estar yo no te hubiese visto marchar? Ahora que ya hiciste camino siento por primera vez el portazo. Me estoy transformando.
Veo la taza del desayuno y me imagino lanzándola al suelo. Dejando el té calar los huesos de la cocina. Mojado esta el terreno que piso. Acabo de salir del barro. Me dejé los zapatos en el fango.
Apreto la taza que no me he atrevido a tirar. Bebo entre sollozos, trago y trago. Quizá algún día consiga escupir aquello que sin querer me contaminó. Hablo de los fondos, de los bajos fondos y los posos que han quedado. Un día te escribí un trozo de papel con unas palabras de amor pero la traducción nunca llegó. Un río de silencio mojó ese texto.
Las hojas estan callendo, estan decorando la calle mojada como papeles recortados por el quehacer de un niño. Nuestra conversación no tiene un final, esta presente y traspasa todas las hojas. Te imagino pero ya no te toco.
Las preposiciones y los adverbios del tiempo se han fusionado como en aquel ritual nuestro en el que nos abrazabamos hasta ser uno: ahora; antes; luego; más tarde; no tienen significado alguno. No hay medida que exprese eso. Al menos sé que no voy a dejar de escribirte, que te seguiré leyendo. No quisiera leer estas hojas al viento. Quien escuche mi llanto no podrá ver más que el puro placer de ahogarse en un vaso de agua.
Después del té y la tostada salgo aterrada pero convencida por esa puerta, que ya no es la misma. Dale tiempo me dicen, deja que pasen unos segundos, una enternidad, un día, una siesta quizá, pero yo me aferro acongojada. Solo en ese momento en el que te solté con la intención puesta en respirar se acabaron las conjugaciones en segunda persona y volví a ser una pequeña y querida unidad.

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