Un flan y un pasillo

Me he comido un flan ahora mismo. Todavía puedo, con la punta de la lengua, recojer los restos de caramelo que han quedado flotando por mi paladar. Los labios se pegan apenas dejandose restregar. Pienso en mi amiga, que vino de visita desde mi ciudad natal. Ella disfrutaba esta ciudad con la picardía y la desgracia de estar de paso. Para mi, sin embargo, comerme un flan y lamer la cuchara es como poner mis pies sobre mi tierra y sentir el abrazo de la manta de mi abuela. Los recuerdos son perlas cuando estas lejos, y has emigrado. Un olor te puede transportar dieciseis mil quilómetros de distancia y veinte annos atras, sin ni siquiera haber pestanneado. Como aquella vez en los noventa…

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…cuando me dejaste sola. Pensé que moriría, solo fue un instante, joder. Cuando me encontré a oscuras, supe que el miedo era más grande que yo. El pasillo era eterno, largo y estrecho. De alguna modo yo tenía que haber llegado al banno sola, porque ahí estaba, de pie en la puerta. Podía divisar la luz al otro lado y las voces lejanas de una tele encendida. Las luces pestanneaban y cambiaban de color. Yo se que a ella le gustaba ver la tele con la luz apagada. Pero si miraba mi mano derecha, tambien a mi izquierda, la oscuridad era total, y salia a ráfagas por las puertas laterales de las habitaciones.

No debía de haber nadie alli, pero yo llegue a verle. No era palpable, pero me era imposible, no podía mirar ciertos puntos de la casa sin el terror de verle, asi que miraba mis puntas de los pies. El suelo era de azulejos, frío, blanco con pintadas negras. – Solo unas zancadas y estas en el salón, venga, lo conseguiremos – me decía a mi misma.

Entonces cerraba los ojos y con la ayuda de mi imaginación creaba un escudo a forma de burbuja que me rodeada por completo. Para ello extendía mi brazo, creando un radio que desde mis dedos flotaba, protegida por esa sustancia flexible casi de agua que me rodeaba. Entonces me ponía a andar, sin dejar de cerrar los ojos e imaginar que la bola que me rodeaba giraba conmigo y no dejaba que ninguna sombra me tocara.

Cuando llegaba al salón, me tiraba de un salto en el sofa, y respiraba aliviada, sobre el tronco de mi madre. Imaginando que la sombra se retiraba hasta que me tocara ir a lavarme los dientes, cruzando otra vez, al otro lado del pasillo.

Esa misma burbuja fue la que yo le ensennaba o queria hacerle ver a mi madre. Cuando la abracé con mis cortos brazos, y acomodé mi cabeza en sus grandes pechos. Pense en contarselo cuando ella, triste, sollozaba por una llamada de un personaje ausente. Con la mirada perdida, despues de colgar, ese telefono de cable color mostaza.

No quería yo por nada verla llorar, asi que le explique, que ibamos a salir adelante. – Estaremos bien, mama, ya verás, tu y yo solas. No nos va a pasar nada, no llores más.

No era capaz de hablarle de la burbuja, mi corta edad me decía con sabiduría que la incredulidad de un adulto no tiene límite. No podia desvelarle lo que me sostenia resguardada ante mis miedos.
Ese secreto era mi único escudo contra las sombras de los pasillos.

Portada del libro. Los viajes nuevos de Lemuel Gulliver. Editorial Das neue Berlin. 1983

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